LA HOJA DE PIEDRA
 
LA HOJA DE PIEDRA
 
   
 
 
Un relato de Milan (Miguel Angel López Moreno) basado en otro de 1983, que a su vez era un recuerdo de 1965...
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A finales de los años 60 del siglo XX, don Víctor era el profesor de Biología de PREU del instituto de Ceuta. Era un joven con barba y gafas de concha que me gustaba mucho como profesor e hizo que la biología me entusiasmara. Por ese tiempo todas las barbas eran revolucionarias o de izquierdas y estaban inspiradas en las de Fidel y el Che, que representaban ideales de libertad y frescor frente al mundo anquilosado y gris que teníamos. Por tanto, pienso que don Víctor era todo lo izquierdoso que se podía ser entonces. Esas barbas, con el tiempo se suavizaron y dulcificaron para distanciarse de las recias barbas fundamentalistas talibanes. Es el caso de las barbas de Almunia y Javier Solana, que una vez integrados en el sistema casi se avergüenzan de ellas y son ahora casi transparentes. No recuerdo que Don Víctor mostrara sus cartas políticas en clase... pero recuerdo que el profesor de latín que tuvimos en cuarto lo hizo a voz en grito contra los nazis y los regímenes afines. Fue valiente el tío. Era el curso 1964/65. Lamento no recordar su nombre porque es uno de los profesores que influyó en mi forma de pensar desde ese momento. Ese curso les dio a unos cuantos por pintar en la pizarra, entre clase y clase, cruces gamadas, cruces de hierro y simbología nazi... simplemente porque era lo que aparecía en los TBO’s de Hazañas Bélicas y estos chicos se identificaban con los perdedores... Pues un buen día, que este profesor de latín se encontró la pizarra llena de simbolitos nazis, se puso rojo y se le hincharon las venas del cuello y, a voz en grito, nos explicó el holocausto del pueblo judío a manos de los que usaban estos simbolitos tan monos... era la primera vez que escuchaba esas cosas porque, por esos años, la historia era distinta y ciertos hechos no existían. Esta bronca que nos echó me encendió una lucecita. Gracias, profesor de latín.

Volviendo a don Víctor. No perdía ocasión para hablar como nosotros, y eso no era común por entonces. Recuerdo que cuando tuvo que nombrar por primera vez la enzima encargada de romper la sacarosa, es decir, la sacarasa, dijo que tal cosa tenía nombre de maricona... hoy puede parecer un chiste políticamente incorrecto porque ofende al colectivo homosexual, pero entonces no tenía esa connotación y decir eso en clase suponía un acercamiento al alumnado que no se daba en casi ningún otro profesor.

Don Víctor organizó una marcha hasta la Garganta de la Mujer Muerta con fines didácticos. Era Octubre de 1968 y no conservo fotos de ese día. Subimos todos los chicos del Preu con don Víctor, e intermitentemente, cuando él veía algo digno de explicarnos, nos reunía y hablaba de que si esta falla geosinclinal, que si ese terreno es sedimentario, que si son agregados, o rocas metamórficas, que si estas plantas o aquellos líquenes... ¡precioso! A cada uno nos había prestado un librito para clasificar plantas y animales siguiendo una sistemática, y durante toda la subida nos hizo recoger plantas para clasificarlas (debo reconocer que, después de 35 años aún conservo ese librito como una joya, perdón por la sisa).

Llegué a la garganta completamente fatiga-do, con ganas de vomitar... pero el zumo de una naranja lo solucionó. Y durante la bajada encontré el primer fósil de mi vida: una hoja de piedra. Y recordé algo que había ocurrido hacía muchos años y que fue otra de esas cosas que te marcan para el resto, que te encaminan sin tu saberlo hacia lo que serán tus inquietudes el resto de tu vida...

Yo debía tener seis años. Sé que eran seis años porque ocurrió en casa de mi abuela cuando yo aún vivía allí, en la calle Alfau nº 9, de Ceuta. Es decir, estamos en el año 1958, y en el salón de esa casa estaban sentados “Boris” Fossati, el médico que vivía en el piso de abajo y era amigo de mi padre desde pequeños, y mi tío Chico (Salvador López Guerrero). Ambos examinaban una hoja fósil que habían encontrado en el fondo del mar. Boris y Chico fueron de los primeros que comenzaron las actividades del CAS (el Club de Actividades Subacuaticas en Ceuta), buceaban con botella y habían recuperado numerosos restos arqueológicos. Eso de que dos hombres tan mayores y respetables estuviesen interesados mirando aquella singular piedra me impresionó mucho y me sentí profundamente atraído. Máxime cuando mi tío me explicó:

- “Hace dos millones de años, antes de que se abriera el Estrecho de Gibraltar, esta hoja se cayó al suelo y empezó a mojarse, gota a gota, hasta que con el tiempo se convirtió en piedra...”

Esa explicación, dedicada a un niño de seis años, tuvo un efecto atronador en mi conciencia. Aquello era como uno de los cuentos que narraba la abuela de Juanito Jurado: “dos millones de años”, “cuando no existía el estrecho”, “una hoja convertida en piedra”... era una historia preciosa y real, por tanto la fantasía era posible. La hoja de piedra, en la mesa de mi abuela, lo demostraba.

Claro, la connotación fantástica de tal historia se perdió con los años. Pero el interés y la curiosidad que me despertó ese hecho y esta pequeña explicación se han mantenido siempre. Luego, pasados los años, yo mismo encontré mi primer fósil, mi primera hoja de piedra, cerca de la Cueva de la Playa de las Barcas. Fue fantástico y aún la conservo. Era octubre de 1968, tenía 16 años y vivía en Ceuta.